Obligación de justicia en
el México herido
Por Miguel Ángel Granados
Chapa
Ceremonia de Egresados
otoño 2005
18 de
febrero de 2006.
Agradezco
al padre rector de la
Universidad Iberoamericana , doctor José Morales Orozco la
generosa oportunidad de saludar a una nueva generación de egresados de esta
institución, una de las primeras, mayores y mejores universidades privadas de
nuestro país. Aunque se que esta circunstancia no contó para que se me
invitara, debo decir, con gratitud, que cursé en la Ibero el doctorado en
historia en cuyo trayecto, además de colmar una vocación tardía, he vivido
hitos centrales en mi existencia personal. Elogiables y aun admirables
los resultados de su docencia, singularizan a la Iberoamericana sus fructíferos
empeños en la investigación, en la difusión de la cultura, en la educación
continua, en la preservación de porciones indispensables del patrimonio
cultural mexicano.
Jóvenes
egresados:
Dejan
ustedes atrás los años de su preparación universitaria, años de germinación,
años de formación no sólo como profesionales en las disciplinas que escogieron
sino como personas. Porque si la educación en general tiene ese objetivo, el de
construir personas, en la etapa que concierne a la universidad ese propósito es
más claro y definitivo, pues si es verdad que infancia es destino, lo es
también que éste se delinea sin duda en la
universidad. En la
enseñanza superior, además de la excelencia en la acción docente, se demanda
una preparación para la vida, no sólo para ganársela según la acepción material
que generalmente damos a esta expresión, sino también para ganarla, para
hacerla nuestra, para lograr nuestra cabal realización. Con base en el pensamiento
del padre Kolvenbach, general de los jesuitas, el rector Morales Orozco dijo en
su toma de posesión que “el criterio auténtico para evaluar” una institución
creada y dirigida por la Compañía no consiste sólo “en lo que sus estudiantes
aprendan o hagan hoy, sino en lo que serán mañana” pues el propósito de una
universidad como la Iberoamericana es “hacer de cada estudiante una persona
completa y solidaria para tomar sobre sí la responsabilidad del mundo real”.
Este
momento de sus vidas, este rito de iniciación los pone formalmente en el umbral
de ese mundo real, en que deberán valerse por sí mismos, dotados de los
instrumentos, impregnados de los valores que la universidad ha buscado
transmitirles. Pronto comprenderán que en rigor la universidad no hace ingenieros,
administradores, científicos sociales y políticos, economistas, comunicadores,
arquitectos, expertos en relaciones internacionales, historiadores, abogados,
psicólogos, educadores, diseñadores, etcétera, sino que les entrega el equipaje
para recorrer el camino que lleva a serlo, con que se formarán como
profesionales en la práctica de sus respectivas tareas. La comprensión de esta
circunstancia deberá atenuar la impaciencia y aún la soberbia que suele afectar
a los novatos, desdeñosos de la experiencia que confunden con la
rutina. Su incorporación
a lo que llamamos vida productiva (como si la etapa que ahora concluyen no lo
fuera) cumplirá así el designio sociológico de la sucesión de generaciones.
Ustedes aportarán la frescura y la audacia propias de la juventud y la
ensamblarán con el saber acumulado y la prudencia de quienes los han precedido
en sus empeños.
Aunque
muchos de ustedes ya lo sean ahora, en su condición de egresados universitarios
que hoy estrenan, este momento equivale a la conversión de las crisálidas en
mariposas, que emprenden el vuelo con sus alas nuevas. Significa también, si
escogemos un símil no zoológico
sino botánico, que transitan ahora del invernadero a la intemperie, a la
asunción de responsabilidades en un mundo cuya herencia ustedes no pueden
recibir a beneficio de inventario, aceptando los activos solamente y desdeñado
los pasivos, sino que ingresarán a la vida con su haz y con su envés. Conocerán
el binomio existencial descrito por Amado Nervo, “la hiel y la miel de las
cosas”.
Forman
ustedes parte de un núcleo social privilegiado. Sus familias, aquí presentes,
cuentan primordialmente entre los dones que ustedes han recibido. El amor y la
amistad que florece en las familias es clima imprescindible para el crecimiento
y afinación de las personas. Ese es un privilegio fundamental. Se le añade el
de sus posibilidades materiales, fruto del esfuerzo de sus familias y ustedes
mismos, y significativas en una sociedad muy estratificada, donde es intensa la
concentración del ingreso y los patrimonios, donde más de la mitad de los
ciento tres millones de personas que alentamos en este suelo viven en la
pobreza y una ancha franja en la pobreza extrema. No es este el lugar ni la
ocasión para discutir la naturaleza y la magnitud de tal menesterosidad, pero
es de tal modo presente que sólo con insensibilidad prefabricada, con ceguera
buscada podríamos no percibirla en nuestro entorno, al alcance de nuestros
sentidos y nuestra conciencia.
Disfrutan
ustedes el privilegio de la juventud, no sólo como etapa cronológica (pues
considerada meramente así es una virtud o un defecto que se quita con los años)
sino como época de plenitud, abiertos quienes la viven a la belleza, al
conocimiento, a las sensaciones. Quienes de ustedes, la mayoría, se entregaron
de tiempo completo al aprendizaje, cuentan entre el breve número de estudiantes
en el mucho más amplio universo de los jóvenes en edad de estudiar que no
pueden hacerlo. Millones de mexicanos no son jamás jóvenes en sentido estricto,
porque pasan sin solución de continuidad de la niñez a la edad adulta, donde se
adquieren responsabilidades o se padece la frustración de no poder ejercerlas.
En
una sociedad amenazada por el tráfico y consumo de drogas, por el alcoholismo
expansivo socialmente auspiciado, y por la violencia que ambas lacras
conllevan, están ustedes armados de la fortaleza y los valores que los alejan
de esos tétricos fantasmas. En una sociedad lastimada por la desocupación (que
ahonda cada día la cruel paradoja de que haya personas sin trabajo en un mundo
por trabajar), desocupación que afecta no sólo a los iletrados o a los que
saben menos sino también a los egresados de la enseñanza superior; en esa
sociedad contarán ustedes con el privilegio de que el prestigio de la universidad
de que hoy egresan y sus propias aptitudes les permitan desarrollar sus propias
iniciativas o adentrarse en las que ya florecen.
Esos
dones deben servir de armadura en la lucha contra algunos vicios del alma de
nuestro tiempo. Uno es el individualismo codicioso, el que se siente a sus
anchas en la ley de la selva donde sólo sobreviven los más fuertes o los más
astutos. Un factor positivo de la vida económica, la competencia puede
pervertirse al punto en que lo hace en el capitalismo salvaje, en que no hay
escrúpulo que valga ni límite que detenga para obtener ganancia. Ese
individualismo es gemelo del hedonismo, esa ingenua creencia que supone
insaciable al ser humano; y del materialismo, el que impone el tener sobre el
ser, el que lleva a imponer la apariencia sobre la esencia.
Tal
individualismo mutila a la persona, porque limita o reduce o elimina su
condición social. No puede haber seres humanos a cabalidad si no es en
compañía, en la solidaridad, en la amistad y el amor, es decir en la conjunción
de personas, una conjunción que es en sí misma fructífera, multiplicadora.
Porque, como razona Benedetti, “en la calle, codo a codo, somos mucho más que
dos”.
Amigo
del individualismo, su mejor alimento es el desencanto, por la vida social o
por la vida en sí. Prevéngase contra ese veneno. Y también contra su
complemento, el pragmatismo ciego, el de la acción por la
acción. No desdeñen,
especialmente para su inserción en la vida social, una dosis de idealismo.
Cierto es que en la vida política mexicana, esa que tanto nos reclama y nos
interpela, parece haber abundantes razones para el desaliento, para que
evadamos la exigencia vital de sumarnos a ella escondidos en el pretexto o la
razón del sucio paisaje, el maloliente entorno que nos envuelve. Pero en esa
deplorable condición estriba precisamente el móvil para la participación, debe
ser en cierto modo el antídoto contra la decepción, contra las desilusiones.
Hablo
de idealismo como lo entendió Efraín González Luna. Formado por los jesuitas,
uno de los mayores humanistas mexicanos, González Luna --a quien un notable
profesor de esta casa, Raúl González Schmall, ha biografiado breve y
magistralmente--propuso una fórmula para una feliz inserción de las personas en
la vida social, dimensión sin la cual, debo insistir, las personas se
quedan a la mitad, no completan su proceso de hominización. González Luna
escribió las líneas que siguen en el original debate doctrinal de un partido
político. Pero no son aplicables sólo a militantes partidarios sino a quienes
quieran militar en la vida, ser ciudadanos plenos además de profesionales
enteros, que es la condición que los invito a alcanzar:
“Si
suponemos que idealista es el que edifica en las nubes, el término está mal
empleado; ese es el utopista, el que razona y actúa fuera de los datos de la
realidad. El idealista
es el hombre que tiene los pies firmemente asentados en la tierra, el hombre
que tiene los ojos y las ventanas del alma abiertos para todo linaje de
conocimiento, para todo género de experiencias, para toda comprobación, para
toda posibilidad de ser, para enfrentarse a todos los problemas posibles pero
que, al mismo tiempo, tiene una tabla superior de valoraciones, un sistema de
soluciones que subordina lo secundario y relativo a lo fundamental y absoluto”.
Termino
citando no a un pensador cuyo espíritu tuvo el aliento jesuita, sino a un
propio miembro de la Compañía de Jesús, que fue maestro en esta universidad,
director de su carrera de administración de empresas, y cuyo nombre, Xavier
Scheifler, ha sido impuesto a uno de los salones de actos de esta casa, que
expresa de ese modo su adhesión a los valores que esos nombres encarnaron.
Dijo
en diciembre de 1993
a los
egresados de su carrera, lo que para concluir yo digo ahora a todos ustedes en
la feliz circunstancia de egresar de la
Universidad Iberoamericana :
“Estamos
en día de fiesta y no quisiera aguarla. Pero faltaría a mi deber si no les
pidiera que pensasen en la obligación de justicia de cada uno de ustedes y cada
una de la empresas que ustedes lideran, con relación a este México del que nos
duele su herida lacerante...”
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